Rediscovering psychoanalysis: Thinking and dreaming. Learning and forgetting - Thomas Ogden

Autor: Thomas Ogden
Autor de la Reseña:
Dr. Demian Ruvinsky

Redescubrir el psicoanálisis es la tarea que, para Ogden, el psicoanalista debe emprender con cada cosa que hace, sea durante la sesión analítica, la hora de supervisión, un encuentro en un seminario psicoanalítico o al leer un trabajo de psicoanálisis. Sólo redescubriendo el psicoanálisis se puede evitar la repetición de gran cantidad de pensamientos que otros pensaron en lugar de llegar a tener un pensamiento propio.
A partir del basamento teórico que le da la obra de Bion, considera al trabajo de ensoñación como la función psicoanalítica más importante de la mente. Y esto subyace a la concepción que tiene del proceso psicoanalítico. Para Ogden el psicoanálisis es una experiencia en la cual, gracias al encuadre analítico, se crean las condiciones como para que el analizando, con la participación del analista, llegue a ser capaz de soñar experiencias emocionales previamente no soñables por él. Y considera que el espacio en el cual el análisis se desarrolla es esa área de superposición del soñar del paciente y del soñar del analista, lo que Winnicott define como espacio transicional. Bajo esas circunstancias, el trabajo de ensoñación del paciente se manifiesta en forma de asociación libre o juego en el caso de los niños, mientras que el trabajo de ensoñación, en el analista, genera una experiencia de rêverie.
El libro está estructurado en ocho capítulos, muchos de los cuales están basados en trabajos previamente publicados en el International Journal of Psychoanalysis.
En el primer capítulo, a partir de su experiencia como analista, supervisor, conductor de seminarios y lector de trabajos psicoanalíticos, Ogden nos va contando cómo entiende él este constante redescubrimiento del psicoanálisis. Así, en su experiencia clínica como analista, dice que se trata de poder llegar a crear formas de hablar con cada paciente que sean únicas para ese paciente en ese momento particular de su análisis. Se trata de hablar con sencillez, de manera simple, clara, libre de clichés y de jerga psicoanalítica, libre de tonos de voz "terapéuticos" u otros tonos de voz que suenen como "astutos". Por supuesto, aclara Ogden, que para poder llegar a esto se requiere experiencia clínica, madurez como psicoanalista y un conocimiento profundo de la técnica analítica. En relación con la supervisión, nos dice que es importante tener en cuenta que el paciente que se presenta no es la persona real que se está analizando, sino que el paciente que se presenta es una ficción, un personaje de una historia que el supervisando está creando, soñando, en el mismo proceso de su presentación. Pero que sea una ficción no es equivalente a afirmar que es una mentira. Todo lo contrario. Lo que se llega a transmitir por medio de esa ficción es la verdad emocional de la experiencia que el analista está viviendo con su paciente. En este sentido el supervisando, al presentar un caso clínico, no sólo habla de su paciente sino que, al mismo tiempo, está mostrando cómo funciona su propia capacidad de ensoñación de esa sesión en particular. Desde su experiencia de conductor de seminarios psicoanalíticos, da una serie de sugerencias como la de leer en voz alta, palabra por palabra, el texto a estudiar y discutir. Esto permite a todos escuchar y sentir las formas en las cuales el sonido de las palabras, la voz del lector, la elección de esas particulares palabras por parte del autor, el ritmo y la estructura de las oraciones, crean el conjunto de efectos emocionales que son inseparables del contenido de lo que se está diciendo. Finalmente nos habla en este capítulo de su experiencia como escritor de textos psicoanalíticos. Y nos confiesa que al principio tiene sólo una vaga idea de lo que piensa. Escribe para encontrar lo que piensa y no lo contrario. En la misma experiencia de la escritura puede organizar sus ideas y plasmarlas en un texto.
El segundo capítulo se titula "Sobre el hablar como soñando". Desde la concepción del proceso analítico como una experiencia que consiste en permitir al paciente soñar la experiencia emocional que no pudo ser soñada por él mismo, Ogden describe una secuencia particular que se da, a veces, con algunos de estos pacientes. En esta secuencia, en la medida en que el análisis va progresando, poco a poco se va pasando del no poder soñar al poder hablar sobre el soñar, una forma de conversación autorreflexiva acerca de lo que está ocurriendo en la relación analítica y en otras áreas de la vida del paciente, tanto presentes como pasadas. Entre estos dos extremos, se da a veces un período en el que se produce un tipo de conversación particular que Ogden define como de hablar como soñando, un modo de conversación que constituye el inicio de una capacidad de ensoñación en vigilia. Se trata de conversaciones laxamente estructuradas, marcadas por una mezcla de procesos de pensamiento primario y secundario, y plagada, aparentemente, de non sequiturs. Si bien no parecen ser conversaciones "analíticas" (porque se habla de libros, películas, etc.), a menudo constituyen un verdadero logro en lo que, muchas veces, se convierte en la primera forma de conversación producida en ese análisis que parece real y llena de vida. Luego de esta fase de hablar como soñando podían comenzar a pensar sobre sus sueños como expresiones de un significado simbólico personal. Lo curioso es que los pacientes que pasaron por ese estado, describieron su experiencia como la de un despertar hacia ellos mismos. De todas formas, y para aclarar posibles malentendidos, Ogden hace algunas observaciones al respecto. La primera observación es que aún cuando el analista participa en el soñar del paciente, el sueño es, en definitiva, el sueño del paciente y no el del analista. No se tratar de construir oníricamente al paciente, sino de permitirle que se construya oníricamente a sí mismo. La segunda observación que hace es que cuando un analista se compromete en un tipo de conversación como esta con el paciente, se requiere no una menor sino una mayor atención aún al encuadre analítico para que la diferencia entre los roles del analista y del paciente permanezcan sólidamente sentidos como algo permanentemente presente. De lo contrario, se privaría al paciente de un analista y de la relación analítica que necesita.
El capítulo tercero habla de su visión de lo que es una supervisión psicoanalítica. Inicia este capítulo diciendo algo muy interesante: que el psicoanálisis ha generado dos formas de relación humana que no existían previamente, la relación analítica por un lado, y la relación de supervisión analítica por el otro. Hablando específicamente de lo que sucede en la relación de supervisión analítica, Ogden dice que en esa relación se producen una multiplicidad de fuerzas emocionales. Del contexto teórico que subyace a la relación de supervisión analítica, Ogden destaca cuatro series de elementos. La primera serie tiene que ver con cuál es la función del supervisor. La experiencia de supervisión, dice, es una experiencia en la cual el supervisor intenta ayudar al supervisando a poder soñar los elementos de la experiencia emocional que el analista está viviendo en análisis con su paciente y que no ha podido, por sí mismo, soñar. Destaca dos posibles situaciones. La primera de ellas se da cuando el analista ha estado sólo parcialmente en condiciones de soñar esa experiencia emocional, lo que Ogden define como sueños interrumpidos. Estas interrupciones, generadas por la naturaleza perturbadora de los pensamientos y sentimientos que se generan en el análisis, pueden manifestarse como una limitación, por parte del supervisando, en su habilidad para generar y sostener un estado de rêverie receptiva, y hacer un uso analítico de esta experiencia de rêverie. La segunda situación posible es definida por Ogden como la de sueños no soñados, es decir, el analista no está en condiciones de soñar esa experiencia emocional. Esta situación, dice Ogden, es más seria porque el analista, a menudo, no se da cuenta de que esto le está ocurriendo, y le resulta difícil hacer uso de la supervisión. Las manifestaciones de los sueños no soñados son, en general, más destructivas para el tratamiento que la de los sueños interrumpidos. Pueden tomar la forma, por ejemplo, de declarar a un análisis como exitoso y ponerle fecha de finalización en forma unilateral (como forma inconsciente de evadir el enfrentarse con un impasse analítico), o puede generar un desorden psicosomático o una psicosis contratransferencial. También puede llevar, según Ogden, a transgresiones éticas graves de la relación analítica. La segunda serie de elementos tiene que ver con la necesidad de que el supervisor se pregunte quién es el paciente cuyo análisis es el tema de la supervisión ya que el supervisando no trae al analizando a la sesión de supervisión sino que lo sueña (es decir, construye) en el marco de la supervisión. El supervisando sueña a su paciente y luego, con ayuda de su supervisor, intenta hacer revivir la verdadera experiencia emocional que el analista tiene acerca de lo que está ocurriendo en la relación analítica, tanto a nivel consciente como preconsciente e inconsciente. La tercera serie de elementos que Ogden destaca se relaciona con el interjuego inconsciente que se da entre la relación de supervisión y la relación analítica. Ogden considera que la relación analítica y la relación de supervisión constituyen dos facetas de un conjunto único de relaciones de objeto conscientes e inconscientes, internas y externas, que involucran al supervisor, al supervisando y al paciente. Así, por ejemplo, el nivel inconsciente de la relación analítica no sólo se trae a la supervisión en forma de relato hablado sobre el trabajo que el analizando está realizando con su paciente, sino que aparece en las dimensiones inconscientes y preconscientes de la relación de supervisión en sí misma. Y una parte esencial de la tarea del supervisor es soñar el interjuego entre las relaciones de supervisión y la analítica. Algunos aspectos de este trabajo psicológico son puestos en palabras por el supervisor y el analista, mientras que otros permanecen sin ser dichos o se discuten de forma desplazada. Finalmente, la cuarta serie de elementos tiene que ver con el encuadre de la supervisión. La supervisión analítica, dice, requiere de las mismas libertades y protecciones que la relación analítica.
El cuarto capítulo trata de la enseñanza del psicoanálisis. Desde su experiencia como conductor de seminarios psicoanalíticos, Ogden afirma que existen dos formas de organizar ese espacio. Uno es llenarlo predicando como un maestro, haciendo proselitismo, perpetuando el dogma. Otra forma es que, en lugar de cerrar ese espacio, se creen las condiciones para que puedan abrirse posibilidades previamente no concebidas. El impulso natural, dice, es a cerrar ese espacio, a llenarlo. Tomando otro aspecto, ya más formal, de la manera en la que conduce sus seminarios, Ogden da mucha importancia a la lectura en voz alta, palabra por palabra, del texto en cuestión. Porque dice que así no sólo se discuten las ideas de un autor, sino que uno se puede sumergir intelectual y emocionalmente en la forma en la que ese autor piensa y escribe, cómo habla, qué valora, quién es, quién está siendo, y lo más importante, en qué nos transformaremos como consecuencia de la experiencia de haber leído ese trabajo juntos. También propone leer textos literarios no analíticos como forma de entrenar el oído. Considera al aprendizaje del psicoanálisis como bifásico. Primero aprendemos procedimientos analíticos. Una vez afianzada esta primera fase, estamos en condiciones de aprender cómo superar lo que hemos aprendido para estar lo suficientemente libres como para crear un psicoanálisis fresco con cada paciente.
En el quinto capítulo, Ogden se dedica a analizar los elementos del estilo analítico a partir de los seminarios clínicos de Bion. Ogden diferencia entre técnica analítica como una forma de practicar el psicoanálisis que ha sido desarrollada por un grupo de antepasados analíticos, y estilo analítico. El estilo analítico no consiste en un conjunto de prácticas, sino que es un proceso viviente que tiene sus orígenes en la personalidad y experiencia del analista. En el estilo analítico se juntan: a) la capacidad que tiene el analista de hablar desde las cualidades únicas de su personalidad; b) el uso de la propia experiencia de vida (no solo como analista); c) su habilidad para pensar en una forma que, si bien está esbozada sobre la teoría y la técnica clínica transmitida por sus analistas, supervisores, colegas y ancestros analíticos, es independiente de ellas; d) su responsabilidad en redescubrir el psicoanálisis de una forma fresca con cada uno de sus pacientes. Para Ogden, los elementos particulares del estilo del analista juegan un papel mayor aún que otros elementos. El estilo es el que forma y colorea el método. Y el método es el medio a través del cual el estilo surge a la vida.
En el sexto capítulo desarrolla su idea de la existencia de cuatro principios, nunca explicitados por el mismo Bion, a partir de los cuales se van organizando los distintos conceptos propuestos en su teoría. Como teórico, Bion trabajó toda su vida sobre la formulación de una teoría del pensamiento. Su teoría del pensamiento está construida, según Ogden, sobre cuatro principios de funcionamiento mental superpuestos e interconectados: 1º) el pensamiento es generado por la necesidad humana de conocer la verdad (la realidad de quién es uno mismo y de qué está ocurriendo en la propia vida); 2º) para pensar los pensamientos más perturbadores de una persona se necesitan al menos dos mentes; 3º) la capacidad para el pensamiento se desarrolla para llegar a expresar pensamientos derivados de la propia experiencia emocional perturbadora; y 4º) existe una función psicoanalítica inherente a la personalidad, y el soñar es el principal proceso de pensamiento a través del cual esta función se ejerce. Estos cuatro principios del funcionamiento mental que Ogden identifica en el pensamiento de Bion se dedican, sobre todo, a la relación del individuo con la realidad. Con respecto al primer principio, Bion dice que la verdad es tan fundamental para la supervivencia de la mente como lo es el alimento para la supervivencia de nuestras funciones corporales. De este primer principio del funcionamiento mental se derivan algunas ideas: a) El pensamiento más desarrollado es generado como respuesta a nuestros temores más arcaicos: para Bion el no-pensamiento es inseparable del pensamiento ya que sin esa realidad psíquica dolorosa constituida por esos temores más primitivos que llevan a evadir el pensamiento, no tendríamos nada acerca de lo que pensar y nada de lo que aprender; b) El pensamiento genuino requiere de tolerancia al no conocer: este aspecto de la teoría del pensamiento de Bion culmina en su concepto de "O", al que definió como lo incognoscible, como la verdad inexpresable de la propia experiencia emocional; c) La visión binocular: el pensamiento implica, necesariamente, la visión simultánea de la realidad desde múltiples vértices simultáneos, lo cual permite a cada vértice (cada forma de percibir la realidad) entrar en "conversación" con otras formas de ver, saber, experimentar. El segundo principio del funcionamiento mental habla de que hacen falta dos mentes para pensar los propios pensamientos más perturbadores. Estas dos mentes pueden ser las de la madre y su hijo, las del líder del grupo y los miembros del grupo, las del analista y el analizando, las del supervisor y el supervisando, etc. Pero también pueden ser dos "partes" de la propia personalidad (la parte psicótica y la no psicótica en el lenguaje de Bion). Cuando esta conversación intrapsíquica resulta insuficiente, se necesita de la mente de otra persona que ayude a pensar esos pensamientos previamente impensables. El mecanismo en juego es el de la identificación proyectiva, concepto creado por Melanie Klein en 1946 y que Bion amplió proponiendo una dimensión interpersonal del mismo. Para poder ayudar a otra mente a pensar los pensamientos impensables, es necesario participar, de alguna manera, de esa realidad psíquica engendrada en él por medio de la identificación proyectiva. Esto permite, por ejemplo, al analista, desarrollar un nuevo vértice desde el cual puede comprender lo que está ocurriendo en el otro. Por medio de lo que llama la identificación proyectiva "saludable", madre e infante piensan juntos y, al hacerlo, el infante logra alcanzar un rudimentario, aunque frágil, sentido de realidad (una rudimentaria capacidad para percibirse a sí mismo, a su madre y al mundo de manera más realista). Por eso Bion afirma que el pensamiento, en su origen, es identificación proyectiva. La madre ayuda a su hijo a pensar pensamientos que son tan perturbadores que el infante no puede pensar por sí mismo. El tercer principio del funcionamiento mental sugiere que primero están los pensamientos y luego, por la presión que estos pensamientos ejercen sobre la psique, se desarrolla la capacidad para pensarlos. Hasta que ese "aparato para pensar los pensamientos” no se desarrolla, lo que hay son "pensamientos sin pensador". Estos pensamientos sin pensador podrán, entonces, seguir dos caminos: o bien se evacúan en forma de acción o de identificación proyectiva "excesiva", o bien se evade el pensamiento (por ejemplo, en la forma de un pensamiento omnipotente). En estos casos, al no poderse desarrollar un aparato para pensar los pensamientos, lo que se hipertrofia, en su lugar, es el "aparato de la identificación proyectiva”. Este tercer principio del funcionamiento mental tiene varias consecuencias teóricas: a) La teoría de la función alfa: el encuentro del individuo con la realidad genera impresiones sensoriales relacionadas con una experiencia emocional (que Bion denomina elementos beta) que deben ser transformadas en elementos aptos para el pensamiento (elementos alfa). Estos elementos beta son nuestra única conexión psicológica con la realidad, que siempre está mediada por estos. La función alfa sirve para transformar los elementos beta en elementos alfa, aptos para poder ser ligados y formar pensamientos oníricos. Los pensamientos oníricos son ya representaciones simbólicas de aquella experiencia emocional perturbadora que fue originalmente registrada en términos puramente sensoriales (es decir, como elementos beta). La capacidad para soñar, pensar y recordar surge, entonces, del buen funcionamiento de la función alfa. b) Concepto continente-contenido: con continente Bion no define una cosa, sino un proceso. El continente se refiere al trabajo psicológico inconsciente del soñar, operando junto con el pensamiento preconsciente similar al sueño (rêverie) y al proceso de pensamiento secundario. El contenido se refiere a pensamientos (y sentimientos) que surgen de la experiencia emocional vivida. Cuando la relación entre continente y contenido es adecuada, se produce un crecimiento de ambos. Esto se traduce en un incremento de la capacidad del individuo para tolerar la incertidumbre. El crecimiento del continente permite una expansión de la capacidad para soñar la propia experiencia emocional vivida. El crecimiento del contenido se refleja en un enriquecimiento de los pensamientos que uno es capaz de generar a partir de esa experiencia emocional. Bajo condiciones patológicas, el continente puede volverse destructivo para el contenido (limitación para retener el conocimiento y la experiencia de uno mismo). También el contenido puede sobrepasar la capacidad del continente para contenerlo y así destruirlo (por ejemplo las pesadillas que nos despiertan en un estado de temor, destruyendo así el continente del proceso del sueño, o la interrupción del juego del niño en donde el continente sería el proceso del jugar). c) Una tercera consecuencia de este principio es que, en la situación clínica, el analista se pregunta continuamente cuál es el pensamiento perturbador (no pensable) que el paciente trae a la sesión para que le ayudemos a pensar. El analista debe ser consciente que este pedido siempre es ambivalente ya que, al mismo tiempo que le está pidiendo ayuda para pensar, teme y odia al analista por intentar hacer eso. d) La cuarta consecuencia se relaciona con la teoría del proceso terapéutico: el trabajo del analista (receptivo a los pensamientos no pensables del paciente e intentando ayudarle a hacer un trabajo psicológico con ellos) no reemplaza a la capacidad del paciente para pensar. Es en la misma experiencia del pensar con el paciente que se crean las condiciones para que el paciente pueda desarrollar, más adelante, su propia capacidad rudimentaria innata para pensar (para la función alfa). El objetivo del proceso analítico no sería, entonces, ayudar al paciente a resolver un problema emocional, sino ayudarle a que desarrolle su propia capacidad para tolerar, pensar y sentir, pudiendo así estar en condiciones de aprender de la experiencia. El cuarto principio del funcionamiento mental propuesto por Bion habla del soñar y de la función psicoanalítica de la personalidad. En todos nosotros existe una función psicoanalítica innata. Estamos constitucionalmente equipados con la capacidad para realizar operaciones mentales que generen un significado simbólico personal, una capacidad de consciencia y un potencial para el trabajo psicológico inconsciente que debemos realizar con nuestros conflictos emocionales. El principal proceso por medio del cual esta función psicoanalítica de la personalidad se expresa es el soñar. El adjetivo "psicoanalítico" de esta función de la personalidad está dado por la posibilidad de ver una situación emocional simultáneamente desde diferentes vértices de la mente consciente e inconsciente. El asiento de la función psicoanalítica de la personalidad está en el inconsciente. Por eso Bion afirma que para poder hacer un trabajo psicoanalítico, antes que nada hay que lograr hacer inconsciente lo consciente, es decir, convertir la experiencia emocional vivida (consciente) en algo accesible a la función psicoanalítica de la personalidad (inconsciente) para poder así convertirla en algo accesible al trabajo inconsciente del soñar. Si no podemos soñar, no podemos crear un significado que llegue a ser sentido como algo personal. Si esto sucede, no podemos diferenciar entre alucinación y percepción, ni podemos diferenciar nuestras propias percepciones de las de los otros, ni nuestra vida onírica de nuestra vida de vigilia.
En el capítulo siete Ogden se dedica a analizar la reconceptualización que Loewald hace, en 1979, del complejo de Edipo. Loewald define al parricidio como el acto de “asesinar” a lo que tiene de sagrado el vínculo entre una persona y otra. En el niño, la ruptura del aspecto sagrado del vínculo que tiene con su progenitor, no se produce, según Loewald, por el temor generado por la amenaza de castración, sino debido a un impulso activo hacia la emancipación. En este sentido, opina Ogden, Loewald amplía la teoría pulsional de Freud al incluir esta pulsión edípica hacia la emancipación. El parricidio, entonces, sería la manifestación de esta pulsión edípica. Por otra parte, el parricidio edípico es, en última instancia, un acto de amor. Es una apropiación apasionada de lo que es experimentado como querible y admirable en sus padres. En este sentido, la muerte fantaseada de los padres es una especie de "daño colateral" en la lucha del niño por su independencia e individuación. Pero no constituiría, para Loewald, un fin en sí mismo. Finalmente, el parricidio edípico subyace a la organización del superyó. La formación del superyó implica una identificación con los padres edípicos, pero también una expiación por el parricidio cometido ya que en el mismo momento de su ejecución, concede a los padres una forma particular de inmortalidad al incorporar una versión transmutada de ellos dentro de una estructura, el superyó, que se relaciona íntimamente con quién es él como individuo. La formación del superyó, entonces implica una restitución de los propios padres (ya que fueron ellos quienes permitieron al niños volverse una persona única y no una réplica de lo que ellos son o desearían ser), y una metamorfosis. Ogden analiza en detalle la metáfora de la metamorfosis, ya que le parece no solo interesante, sino plena de sentidos a ser pensados. En la metamorfosis completa (por ejemplo, en el ciclo vital de una mariposa), dentro del capullo, los tejidos de la oruga se "derrumban" y la oruga comienza a morir. Unos pocos grupos de células aisladas sobreviven y se alimentan de los tejidos de la oruga que muere y van organizando una nueva estructura completamente diferente, pero que contiene el mismo A.D.N. que su antecesor. Siguiendo la metáfora, las relaciones de objeto edípicas internalizadas por el niño que constituyen el superyó tienen sus orígenes en el "A.D.N." de los padres. Esto es, la constitución psicológica inconsciente de los padres, que "documenta" a su vez a sus propias relaciones edípicas con sus propios padres, y así sucesivamente. En la metamorfosis existe continuidad (el A.D.N. es idéntico) y discontinuidad (existe una enorme diferencia entre la morfología y fisiología de las estructuras internas y externas de la oruga y las de la mariposa). También la formación del superyó implica, al mismo tiempo, continuidad y transformación radical. Así, Loewald describe el proceso de formación del superyó como una internalización seguida de una metamorfosis. Una metamorfosis que transforma las relaciones de objeto edípicas en relaciones internas, estructurales, intrapsíquicas. Para que la batalla edípica se pueda dar, se necesitan oponentes. Si estos oponentes faltan (ausencia relativa de una genuina autoridad parental), el niño no tiene de qué apropiarse, y sus fantasías, por lo tanto, carecen de freno. En esos casos, el parricidio fantaseado genera tanto temor como para perdurar ya que el niño, para defenderse de los peligros de la realización de su deseo parricida, reprime sus impulsos hostiles y refuerza esa represión adoptando una actitud duramente punitiva hacia esos sentimientos. En cambio en el desarrollo saludable, el parricidio edípico no requiere de represión (Freud habla de “sepultamiento”), ya que el niño puede "asesinar" psíquicamente a sus padres con seguridad por la presencia de una autoridad parental. Las dificultades, entonces, no surgen de las fantasías parricidas del niño per se, sino de la inseguridad que puede llegar a tener acerca de la posibilidad de cometer, en forma segura, ese acto psíquico. Destaca Loewald, también, qué pasa con los padres en esta situación edípica. En la medida, dice, en que somos “asesinados” por nuestros hijos (o nuestros pacientes, agrega Ogden), de alguna manera vamos tomando consciencia de que envejecemos, y que el crecimiento de nuestros hijos (o de nuestros pacientes) contribuye, en cierta medida, a nuestro morir. Esto nos plantea un dilema como padres y como analistas: cómo hacer para no disminuir a nuestros hijos y pacientes (tratándoles, por ejemplo, como menos maduros de lo que en realidad son, dando consejos que no necesitan, hablándoles en tonos de voz sostenedores no deseados, dando interpretaciones que minan su habilidad para pensar reflexiva e introspectivamente por sí mismos, etc.), cediéndoles al mismo tiempo, como un gesto de amor, nuestro propio lugar a la generación que nos sigue y pasar, así, a convertirnos en sus ancestros. Existe, dice Loewald, resistencia a aceptar el lugar de uno como parte de la generación pasada. Esta resistencia no logrará frenar la sucesión de las generaciones, pero en cambio dejará una ausencia en la vida de nuestros hijos o pacientes, una ausencia de ancestros que, de haber estado presentes, hubieran sido altamente valorados. La otra vertiente del complejo de Edipo, la vertiente incestuosa, es abordada por Loewald de una manera sorprendente ya que comienza preguntándose por qué motivo estaría mal que se consume el incesto. La respuesta que da Loewald es que consumar el incesto implica la intrusión de una relación de objeto diferenciada dentro de la unidad narcisista primaria. El incesto destruye la frontera que separa una forma de relación madre-hijo fusionada (identificación primaria) de una forma de relación de objeto diferenciada con la misma persona. En términos teóricos, el incesto anula la barrera entre identificación primaria e investidura de objeto diferenciada. Y si esta barrera se anula, no se podrá mantener una futura relación de objeto saludable, ya que para lograrlo habrá que ser capaz de mantener una dialéctica generativa de separación y de unión con otras personas (para lo cual esa barrera debe permanecer íntegra y viviente). Para Loewald, la relación de objeto edípica incestuosa es un tipo de relación de objeto transicional entre relaciones de objeto diferenciadas e indiferenciadas. Con esta concepción Loewald no sólo amplía la concepción psicoanalítica del desarrollo preedípico, sino que también sugiere que el complejo de Edipo no sólo es un conjunto de relaciones de objeto diferenciadas que forman el núcleo neurótico de la personalidad, sino que también contiene, en su mismo corazón, un conjunto de relaciones de objeto más arcaicas que constituyen el núcleo psicótico de la personalidad. Es a partir de ese núcleo psicótico de la personalidad que emergen las primeras formas de separación-individuación saludables.
El último capítulo lo dedica Ogden a analizar dos artículos de Harold Searles ("Amor edípico en la contratransferencia" e "Identificación inconsciente") porque considera que contienen la esencia no sólo de lo que Searles piensa, sino de cómo trabaja en el setting analítico. En el primero de los dos trabajos citados, Searles reconceptualiza el complejo de Edipo a partir de una teoría clínica, entiendo por tal a una serie de propuestas de comprensión cercanas a la experiencia acerca de lo que está ocurriendo en la situación analítica. La idea central es que para analizar exitosamente el complejo de Edipo, el analista debe vivir la experiencia de enamorarse de su paciente y, al mismo tiempo, reconocer que sus deseos jamás podrán ser realizados. Por extensión, también una relación edípica exitosa en la infancia requiere que el padre edípico se enamore profundamente de su hijo edípico, y que al mismo tiempo sea consciente de que ese amor jamás podrá ser concretado en la realidad. El amor edípico entre paciente y analista implica un estado mental particular, suspendido entre la realidad y la fantasía, en el espíritu de la concepción de objeto transicional de Winnicott. Lo central del complejo de Edipo para Searles no es la rivalidad ni los impulsos hostiles, sino la experiencia del niño de un amor romántico y sexual recíproco con su progenitor, seguido de una renuncia mutua. Esto le permite al niño emerger del complejo de Edipo son el sentimiento de que su amor romántico y sexual es aceptado y valorado, y también que es él mismo capaz de generar ese mismo deseo en su padre, siempre con el firme reconocimiento de que existe una realidad limitante dentro de la cual debe vivir. El reconocimiento de la existencia de esta realidad limitante tiene que ver, para Searles, con la maduración de la prueba de realidad y con la capacidad para diferenciar la realidad interna de la realidad externa. En definitiva, dice Searles, la tarea del analista es, primero, permitirse experimentar la total intensidad emocional de todo lo que va sintiendo en el aquí y ahora de la experiencia analítica. Sólo entonces estará en posición de hacer un uso analítico de ese estado de sentimiento. Con respecto al segundo de los trabajos de Searles citados, destaca Ogden que la experiencia inconsciente no está "por debajo" o "por detrás" de la experiencia consciente, sino dentro de ella. Para revelarla, Searles vuelca esa experiencia contratransferencial "de adentro hacia afuera". Esto no significa hacer consciente lo inconsciente, sino ponerle palabras al ambiente emocional en el cual el analista entiende que el paciente está viviendo, un contexto emocional aún no nombrado. De esta manera, el contexto emocional previamente no nombrado se torna un contenido nombrado. Así, el contexto "invisible" del sentimiento contratransferencial del analista se vuelve un contenido "visible" y pensable para el paciente. Finalmente, Ogden encuentra posible un diálogo, una complementariedad entre Bion y Searles. Bion le daría la estructura teórica al trabajo clínico de Searles, en tanto que Searles le daría el contexto emocional experiencial a las postulaciones teóricas de Bion.
Además de las ideas que Ogden va desarrollando en los diversos capítulos de este libro con inteligencia, claridad y creatividad, la sensación que genera en el lector luego de terminar de leer su libro, es la de haber participado en el soñar de alguien lleno de experiencia y de esperanza, y de haber despertado de este “sueño compartido” con alegría, entusiasmo y fuerzas renovadas para intentar hacer lo que nos propone con su libro: redescubrir el psicoanálisis.

Reseña de REDISCOVERING PSYCHOANALYSIS. Thinking and Dreaming, Learning and Forgetting. Thomas H. Ogden. Editorial Routledge (London and New York), 2009. 184 páginas.
Catálogo Nº 27540.
ISBN 10: 0415468639.
ISBN 13: 9780415468633

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