Trabajos de la lectura, lecturas de la violencia. Lo creativo-destructivo en el pensamiento de Winnicott - Ricardo Rodulfo

Autor: Ricardo Rodulfo
Autor de la Reseña:
Lic. Lucas Margulis

Dice Ricardo Rodulfo en su prólogo, que a poco de emprender un trabajo de lectura de la obra de Winnicott se puso en evidencia un completo desconocimiento de su vocabulario, de su manera de usar y resemantizar palabras tales como “natural”, “espontáneo”, “externo”, “destete” y otras. “Este libro hubiera estado destinado, casi exclusivamente, a cierta aclaración de ese vocabulario de no haber sido arrastrado… por la cuestión de qué cosas estaba pensando su protagonista, lo que obligó a atravesar el problema de cómo usaba las palabras…”
Por este camino llegaría el autor a entrever a Winnicott, pensador de la existencia humana, quien apuntalado en la teoría psicoanalítica forjó una teoría propia: su teoría del desarrollo del individuo.

INTRODUCCIÓN

Rodulfo diferencia en Winnicott al pensador del teórico. Acude para ello a caracterizarlo según “ciertos rasgos muy acusados en él, que procede habitualmente como si la teoría fuese precisamente lo que impide pensar…”. Su modalidad inglesa, de tradición antiintelectualista, “no se caracteriza por la idealización de lo sistemático” y su actitud de rehusamiento a encuadrarse en los vocabularios establecidos de la teoría psicoanalítica constituye todo un gesto político.
Una de las mayores dificultades al encontrarnos con la obra de Winnicott, advierte el autor, es que “apela a vocablos corrientes pero sin usarlos en su sentido habitual y sin avisar cómo lo está haciendo”. Por lo que su sencillez narrativa no ahorra el trabajo de lectura.
Rodulfo nos recuerda la propuesta de Jacques Derrida en Los Estados Generales del Psicoanálisis, celebrados en Paris en el año dos mil. Derrida propuso “un nuevo territorio de acción – investigación: el de la problemática del dominio y de la dominación, de la crueldad, del poder y de la apertura al otro o de su destrucción”. Su propuesta constituye un importante giro respecto de la problemática clásica del psicoanálisis. Giro que, según el autor, Winnicott ha comenzado a emprender al ocuparse de toda una serie de motivos agrupables bajo el denominador común de la violencia: “medio no estimulador, interferencia, intrusión, fallo ambiental, fracaso ambiental, generación de comportamientos reactivos con la consecuente destrucción de la experiencia propia”

CAPÍTULO I: DEL SELF

Rodulfo emprende la tarea, que requerirá de incursiones por los territorios de la filosofía hinduista y la poesía, de despejar el término self sin restringir su anchura semántica como lo hace su traducción por “sí mismo”. Recurre para ello al poeta norteamericano A. R. Ammons, quien “nos ayudará a hacer del self un vocablo desregulado” acorde a la escritura de Winnicott en su incompatibilidad con “las definiciones académicas regulares y sin resto”. De las múltiples direcciones que Ammons abre en sus notas sobre el self, el autor subraya las que considera convergentes con el pensamiento winnicottiano. Sintetizando algunas de sus puntualizaciones:

- Traducir la palabra self implica un serio riesgo de simplificación, dado que no tiene equivalente preciso en castellano.
- Es un término que no alude a una entidad localizable como lo sería el yo, la personalidad o la identidad. Está más bien vacío.
- Apunta a cierta conciencia de sí, en el sentido de que algo se sienta como una subjetividad. De aquello que hace que alguien sea una subjetividad humana. Difiere entonces de la conciencia de sí en sentido cartesiano y de una conciencia autónoma y autorreflexiva.
- Implica cierta permanencia y continuidad, diferenciable también de una identidad estática y de contornos definidos.
- Se refiere a la cualidad de lo viviente, a cómo alguien llega a sentirse vivo y al interrogante de si existe un desarrollo de esa sensación de estar vivo, para la que, como la clínica lo evidencia, no basta el hecho biológico de vivir.

…”El self… muchas veces procura atrapar a la vez esa sutil cualidad de lo (subjetivamente) vivo y de aquello que lo defiende, que lo protege, que lo envuelve.”

CAPÍTULO II: NO COMUNICARSE.

En este capítulo Rodulfo retoma el texto “El comunicarse y el no comunicarse y su relación con algunos pares antitéticos”. Allí, Winnicott defiende el derecho a la no comunicación, defensa que choca con las consignas más habituales de la práctica psicoanalítica, donde el callar suele considerarse resistencial. Dirá el autor que el deseo y la necesidad de no comunicarse “podrían responder a algo muy distinto y de alcance más profundo que el de la resistencia”. “En el fondo lo que está en juego es algo más y mucho más que el derecho a una reserva” porque, entre otros motivos, en la trama de poder adulto-niño es a éste a quien se le niega más rotundamente dicho derecho.
El cambio que podemos observar en los niños de un inicial “contarlo todo” hacia una mayor opacidad y reserva posterior, es significado por Rodulfo como un importante “índice de subjetivación, de un salto adelante en el desarrollo psíquico” a través del cual ingresa en la categoría de ciudadano con derechos, por oposición a la de objeto manipulable. Se desprende de allí que ese silencio suyo se aleja de ser conceptualizable en la línea de la resistencia freudiana, del accionar de tinte patologizante de la represión.
Al trabajar con niños y adolescentes se impone “una reflexión sobre el valor estructurante del silencio y del no comunicarse”.
Seguidamente, el autor revisa la tradición logocéntrica de la consigna de la asociación libre, reconociendo que “no toda puesta en palabras es lo más indicado terapéuticamente, y puede ocurrir que en algunos casos sea hasta perjudicial, que contrariamente sea el silencio lo que permita que un proceso subjetivo valioso se cumpla”. Por otra parte, en el caso del niño las asociaciones “pueden fluir abundantemente por la vía de juegos, de dibujos así como de diversos comportamientos”. Rodulfo menciona que Winnicott introduce la situación específica en la que el niño debe parecer vivo para calmar la angustia materna “suscitada por un fantasma… donde hay siempre un niño muerto o a punto de morir; a fin de conjurarlo, el niño debe actuar de vivo, haciendo cosas para que se note que lo está.” En esta situación se le demanda al niño comunicación y ruido, su silencio no es posible por la depresión que causaría a la madre, quien padece de una fobia al silencio.
Winnicott vincula luego, en el trabajo mencionado, a) la alternativa entre comunicarse o no comunicarse y b) determinados tiempos de la subjetivación del niño. En este marco pasa a considerar la experiencia de omnipotencia de una manera muy diferente de la consideración psicoanalítica habitual – para la cual el concepto de omnipotencia se ha asociado a un estado de déficit madurativo e indiscriminación; o bien, cercanamente, como maniobra defensiva que fácilmente deviene patógena. –. En el psicoanálisis clásico, Lacan incluido, “la omnipotencia es un obstáculo nodal para el establecimiento de cualquier relación con la realidad”.
Winnicott habla de una experiencia de omnipotencia como algo muy diferente: el término experiencia, de valor estructurante en el autor, conlleva el peso “de algo que es muy importante que se cumpla para un desarrollo psíquico acabado… lo más libre posible de enfermedad”. “No será lo mismo que se cumpla o no: debe tener lugar.” Y puede ocurrir que no se dé en caso de fallo ambiental, perturbando el desarrollo de la subjetividad naciente. Rodulfo resalta aquí “otra diferencia con las concepciones tradicionales, para las cuales, al ser la omnipotencia equivalente a la inmadurez temprana y formar parte de mecanismos de defensa muy primitivos, no puede faltar”. Otra divergencia conceptual es que, tradicionalmente en el psicoanálisis, la omnipotencia se articula a la negación al hablar, por ejemplo, de la negación omnipotente.
Winnicott no dejará completamente de lado la concepción de la omnipotencia “como… modo de control mágico con respecto a cualquier cosa que desborde el equilibrio del sujeto…” Pero dicha concepción, “que conserva una utilidad clínica acotada”, será en Winnicott “subsidiaria de un proceso mucho más amplio, la experiencia de omnipotencia como experiencia creadora”, acentuando “el potencial de riqueza que se activa en tal experiencia”. “La experiencia de omnipotencia… tiene una función decisiva,… sacar la vida psíquica del anonadamiento, del desamparo que siempre nos acosa”. Y otra, no menor que aquella, la de poder transforma- animar un objeto en un objeto subjetivo, en un juguete.

CAPÍTULO III: OMNIPOTENCIA

A través del material de análisis de una niña, Rodulfo presenta el concepto de omnipotencia primaria (no reactiva) pensado como “la condición misma de la dimensión propiamente creadora en el psiquismo”. La paciente en cuestión abandona progresivamente una actitud adultomórfica que fue estimulada por su madre, poco capaz de dar cabida a lo infantil. El autor destaca secuencias de juego en que la paciente se oculta e invisibiliza. Comienza a disfrutar de una actividad no comunicativa – en lugar de su habitual compulsión a mostrar un rostro de falsa animación y locuacidad – experiencia ésta que va dando lugar a sentimientos de alegría genuinos. De este modo “se esboza esa experiencia singular que Winnicott llama no comunicación activa, a través de la cual, paradójicamente, algo se desoculta, a diferencia de lo que habitualmente la niña mostraba, su máscara de niña “socia” de su brillante mamá”.
Rodulfo retoma luego el verso de Keats que sirve de epígrafe al texto de Winnicott . “Cada punto del pensamiento es el centro de un mundo intelectual”. Dice el autor: “Tal multiplicación de centros arruina, embarulla, la noción de un centro fijo y único”. Idea que contrasta con el dios único de quien Descartes imaginaba que debía “pensar constantemente el mundo (…) para que este mundo no se deshaga en pedazos.” A diferencia de Descartes, para Winnicott será trabajo indelegable de cada sujeto crear el mundo nuevamente, el mundo que ya está allí, para que adquiera “consistencia de real”.
En su tratamiento de las ideas de Winnicott acerca del comunicarse y el no comunicarse, el autor recorre los desarrollos respecto del objeto subjetivo y del objeto percibido objetivamente. Lejos, tanto del idealismo como del ambientalismo, Winnicott se refiere a la alteridad, al “objeto percibido como otro diferente al self, irreductible al self...”. Rodulfo propone considerar, como lo ha hecho ya Jessica Benjamin , la distinción “entre lo que el otro tiene de objeto para mí y lo que en el otro es alteridad, otredad”. En Winnicott se encuentra “(…) una permanente coexistencia y una permanente oscilación entre ambas dimensiones”.
Un aspecto en el que Winnicott “Se aparta del campo habitual del psicoanálisis, llámese Freud, Klein o Lacan, es que no piensa estas cosas” – se refiere aquí a las ya mencionadas dimensiones de alteridad y de objetalidad – “desde la perspectiva de la pérdida del objeto”. “Descree de tal valor de la falta y… se interesará por las cosas que hay que hacer entre- dos – o - más para constituirse.” Esto queda ejemplificado por el hecho de que, en su obra, el “objeto transicional no tiene valor simbólico, no sustituye otra cosa faltante o perdida,… es el primer objeto que viene a reunir algo de lo puramente objeto con lo que ya es algo de alteridad”.
Es la fusión exitosa con el objeto, y no su pérdida, la que lleva al descubrimiento de su alteridad; “por el contrario, pérdidas precoces suelen dificultar tal adquisición.” La fusión con el objeto no es un estado de inicio, expresión de inmadurez, sino un logro que “implica un inmenso trabajo” y como tal es pasible de perturbarse o no lograrse. “Semejante mutación teórica… modificará muchas cosas en el terreno del diagnóstico diferencial.”
Al diferenciar la omnipotencia primaria, creadora de lo que “ya está allí”, de la omnipotencia reactiva; Rodulfo nos recuerda que la primera invoca al deseo, pero no destinado a realizarse sólo en la fantasía o en el sueño. El autor retoma una observación hecha por Luis Hornstein acerca de la inadecuación del modelo del sueño, en Freud, para conceptualizar el deseo; ya que al estar abolido el acceso a la motilidad durante el soñar, quedan excluidas acciones que aporten a la modificación de la realidad. “El sueño transcurre siempre con objetos subjetivos, no con objetos objetivos. No es pertinente, entonces, para articular el desear y la otredad.”, dirá Rodulfo.
En cuanto al ambiente facilitador, el autor nos muestra a Winnicott distante de concebir al sujeto como determinado por su ambiente e igualmente alejado de la postura kleiniana que reconoce la primacía de lo endógeno en la organización de la subjetividad, ya que sitúa la capacidad materna para identificarse con su bebé como parte decisiva del mismo. La omnipotencia del bebé requiere de esa contrapartida indispensable.
A continuación, reestablece una secuencia entre la presencia de un adulto identificado con el niño y la introyección. Si la primera condición se cumple, “el niño puede introyectar esta capacidad.” “Al introyectar, el niño se capitaliza un ‘respaldo mnémico’, un archivo que amasa sus experiencias, con las que va construyendo un semillero de experiencias creativas. No se trata de la introyección de objetos sino de la incorporación de procesos entre. Se introyecta, diríamos, la operación de facilitar.” Llama luego la atención sobre la posición de Winnicott acerca de la inteligencia, su negativa a sobrevalorarla y su cautela al ponderarla. La eventualidad, por él considerada, de que en condiciones de inmadurez y fallo ambiental pudiera volverse contra el sujeto, obstaculizando el establecimiento de la alteridad y abriendo a direcciones sobreadaptativas, más afines al descubrir que al crear.
El autor se ocupa luego de la agresión en la teoría winnicottiana, despejándola de otras teorizaciones, (Klein, Freud, Lacan), con las cuales contrasta. “…La atribución de un carácter creativo a la agresión es propia de Winnicott y lo es también, en buena medida, el pensarla en términos relacionales y no encuadrada por alguna teoría de las pulsiones.” “Winnicott piensa la agresión… más bien implicada en la creación-descubrimiento del otro. Se la introduce como erotismo muscular, movimiento, fuerza que choca contra un obstáculo firme”. Diferencia esta “manifestación vital” de la cólera o el enojo, conceptualizados como agresión reactiva. Otro aspecto divergente de las teorías clásicas es que, en su obra, la iniciativa que dará lugar a la emergencia de la alteridad es propia del niño, y no de frustraciones o cortes de supuesta función estructurante.
En cuanto a la violencia, concluye Rodulfo:
- La irreductibilidad de la problemática de la violencia a la violencia del sadismo.
- “Que el motivo del dominio y la dominación tampoco puede circunscribirse a lo que el psicoanálisis… identificó como relación sadomasoquista”
- Que no puede sostenerse una incompatibilidad entre violencia y alteridad, no por lo menos como principio regulador general.”
- La necesidad de repensar las relaciones entre violencia y alteridad.

CAPÍTULO IV: NADA.
Rodulfo prosigue la lectura del texto al que aludimos en la nota 1. Según el autor, el mayor interés de Winnicott en dicho texto “es la no comunicación y todo lo que en ella se juega; sobre todo, ese espacio que caracteriza como un núcleo de silencio, un núcleo en blanco que se resiste a la comunicación…”
Recurre al budismo, a nuevas hipótesis de la física cuántica y a la astronomía como asociaciones válidas con “esa nada creativa” conceptualizada por Winnicott. Distingue “esa nada en el centro” de la falta lacaniana, oponiéndose a la lectura de un autor desde el otro, lectura que implicaría una apropiación no asumida.
El autor reconoce en Winnicott y en Lacan una inquietud común “por la problemática de ser” aunque mantiene la diferencia entre: “el ser como falta de Lacan con el ser de nada en el centro de Winnicott.” La nada aquí aludida es caracterizada como “un espacio aislado, en blanco, silencioso, inmóvil, sagrado.” De una naturaleza diversa a “la versión kleiniana de lo tanático” aunque “es un espacio capaz de movilizar la mayor violencia para defenderse”. Rodulfo recuerda “el modo en que Nicolás Abraham piensa la resignificación… como un trabajo de aniquilamiento de la significación imperante: se trata de romperla, de destruirla.” El inconsciente realiza un trabajo de resignificación. Para comprenderlo no puede procederse a homologar la creación con el bien y la destrucción con el mal.
El capitulo prosigue examinando los efectos que esa concepción “de un inconsciente en blanco en el centro de la subjetividad” tiene sobre el modo de “pensar el trabajo del analista”, apartándose de las teorías clásicas que proponen un centro pleno de sentidos inconscientes a descubrir y conquistar. Heiddegger y la sabiduría zen se dan cita en las páginas siguientes. Contribuyen a vislumbrar la relación entre las teorías psicoanalíticas y “un núcleo inconsciente que no se puede ni se debe poner en palabras ni es representable.”
El concepto de ombligo del sueño, donde el sentido del sueño se escapa y se torna indeterminado, limitando la pretensión de un conocimiento acabado, definitivo; es retomado por Rodulfo para analizar la relación de Freud con el ideal positivista que impregna su obra.
La consideración de lo que Winnicott llama inner (privado, íntimo) lo lleva a afirmar que “el precepto de poner en palabras, como eje maestro de la labor analítica”, tarea a cumplir sin restricciones, “tendría… como consecuencia violar el espacio psíquico del paciente y dañarlo”. Por esta razón Winnicott no adhiere incondicionalmente a esa regla terapéutica, proponiendo que “hay algo que debe ser respetado sin ingresar en el campo de lo verbal”. Ilumina de ese modo “la violencia del proyecto verbalista.” Derivará de estas consideraciones una actitud de espera en el trabajo terapéutico que reconoce, en Winnicott, tanto motivos técnicos como éticos.
Reflexiones sobre la adolescencia, “… decisiva para construir un espacio adonde nadie llegue”; y sobre la posición gnoseológica de la paradoja en el pensamiento winnicottiano, continúan este valioso texto.
El autor considera la consigna de la asociación libre, la eventualidad de su desnaturalización en los casos en que el paciente la vive superyoicamente y la importancia de “que quienes nos consultan descubran y accedan a la posibilidad del silencio con otro.”
El estar solo - novedad radical frente a la naturalidad con que la teoría clásica concibe dicho estado desde el inicio, pues el autoerotismo presupone anobjetalidad - es para Winnicott “…el desenvolvimiento de una capacidad, sujeta a complejas condiciones y operaciones”.

CAPÍTULO V: TRANSICIÓN.

Rodulfo se pronuncia sobre las modificaciones de fondo que la lectura de la obra de Winnicott implica para la conducción del tratamiento psicoanalítico. Donde la teoría clásica tenía por meta “el desciframiento y la interpretación de un sentido originario”, la meta será “despejar los diversos obstáculos que provienen… del campo del sentido y acompañar al paciente hasta ese silencio del sentido…”, “silencio viviente”, “fondo de silencio” que “debe mantenerse”, como hoja en blanco, sostén, “donde brota y se aloja la inscripción.”
Al tratar la transicionalidad, Rodulfo menciona la preocupación de Winnicott porque el concepto no fuese arruinado por la confección de un listado de objetos, así llamados “transicionales”. El énfasis no está allí, sino en ese particular uso que dota de las inasibles cualidades de lo viviente al objeto, de modo que “… su ser es de otro orden.”
El autor nos muestra a un Winnicott capaz de “ir y venir” entre diversos “campos del saber"; un Winnicott heterodoxo, que se desmarca de segregaciones tanto del establishment médico como del psicoanalítico.
Lo transicional, al modo de lo que Derrida designa como suplemento, disloca “… las anacrónicas categorías de lo interno-externo.” No es un mero agregado a dichas categorías. Tampoco carece de consecuencias la opción winnicottiana por correr del centro de sus ideas a los instintos o pulsiones, que “no serán una hipótesis necesaria” al proponer la zona intermedia de experiencia.

CAPÍTULO VI: SUPLEMENTAR SIN SUPLIR.

En este capítulo el autor rescata uno de los aspectos más innovadores del pensamiento winnicottiano, aquel en que lo transicional se aparta de la categoría del sustituto simbólico. “…el objeto transicional no vale por su ser- de – símbolo o de representación… lejos de eso, cuenta por su valor de realidad, su valor de acontecimiento, de experiencia incluso, experiencia transicional.”
Seguidamente, Rodulfo analiza “el espaldarazo filosófico” que representa para las ideas de Winnicott, los desarrollos de Derrida sobre el motivo del suplemento y sus diferencias respecto del sustituto. Bajo tal perspectiva, la diversidad de materiales que el niño produce no son asimilables entre si. “…en cada uno puede haber elementos nuevos, no consignados por el resto y ninguno será tomado por el ‘primero’, por el eje privilegiado en relación con el cual se dispongan los demás.”
Con la ayuda de Derrida, Rodulfo continúa internándose en el pensamiento winnicottiano. Considera la categoría de singularidad, discriminada de las de lo universal y lo particular. Singularidad cuyas manifestaciones no se dejan sustituir, reemplazar, intercambiar; pues no remiten a otra cosa, por ejemplo, a un pretendido contenido latente que pudiera leerse en lugar suyo. El autor invita al desafío de teorizar, sosteniendo la tensión conflictiva entre “la búsqueda de leyes o de regularidades y la consideración de lo singular.”
Ubica lo transicional en “distintos regímenes semióticos – verbal, no verbal, figural, motriz” desmarcado del “orden jerárquico logocéntrico”. Afirma que lo transicional no es el objeto, “no interesa la naturaleza del objeto (por tanto su carácter verbal o cualquier otro) sino el modo de tratarlo.”
Revisa distintos destinos patológicos, perturbaciones que puede sufrir lo transicional; la transformación del objeto transicional en “acompañante fóbico, confortamiento depresivo, también fetiche…”
El autor reconoce tres maneras diferentes en que Winnicott habla de lo transicional: como límite o frontera; como espacio intermedio (entre lo interno y lo externo) y como fenómeno de mediación, “puente que articula lo subjetivo y lo objetivo entre sí”. Analiza, luego, los casos en que fracasa la función mediadora de lo transicional, ubicándolos en dos polaridades: las patologías de la adaptación por sumisión y aquellas otras “en las que alguien se habita extraviado en fantasías o sensaciones corporales de tipo alucinatorio…”
Al detenerse en la particular forma en que Winnicott piensa la ilusión, destaca que en su obra los términos realidad - ilusión no entran en oposición sino que “la ilusión crea la realidad, el niño llega a la realidad por la vía de su actividad.”
Diferencia la fantasía del fantaseo, desvirtuación patológica cuya finalidad es defensiva. Y examina una función esencial de la madre: “proveer oportunidades para la ilusión”.
Examina también la constitución de la realidad desde el concepto de superposición, clave para comprender la contribución necesaria de cada uno en la pareja madre - bebé: “La constitución de la realidad es un proceso complejo que se logra solo por una superposición en que el niño crea algo que la madre ofrece.”
Rodulfo considera la situación transferencial a partir de la diferencia entre aceptación de la realidad y adaptación a ella como a algo ajeno, más cerca de la sumisión. El modo en que el analista formule las interpretaciones tendrá distintas consecuencias. No podrá funcionar como interpretación si se la enuncia como un saber destinado a vencer las resistencias. “el paciente se podrá someter o se podrá rebelar pero no la podrá apropiar elaborativamente.” Si el analista puede formularla de un modo en que también pueda ser creada por el paciente “el proceso todo es bien distinto, menos sugestivo y más analítico.” Se asiste, entonces, a la construcción conjunta de la realidad por efecto de superposición y no de imposición.

CAPÍTULO VII: LA ILUSIÓN Y SU VIOLENCIA PROPIA.

Un aspecto sutil, pero trascendente, del desarrollo del tema de la ilusión que Rodulfo resalta en Winnicott es que la ilusión de crear –lo que ya está allí y, además, es presentado por el adulto – efectivamente crea la realidad. La ilusión tiene verdaderos efectos. “Participa de modo muy decisivo de la creación del sentimiento y de la experiencia de la realidad.” Con lo que el pensamiento de Winnicott difiere radicalmente de “una concepción deficitaria de la ilusión, íntimamente entramada con el error, el ensueño engañoso, el espejismo que nos extravía.”
El autor contrasta luego la teoría de la ilusión de Winnicott con la teoría freudiana de la alucinación primaria. Y cuestiona la tan aceptada hipótesis “de que el bebé alucina el pecho” en la vivencia de satisfacción.
Retomando el concepto de superposición, que guía la actitud de amoldamiento de la madre hacia el bebé, (que a menudo actúa y está allí de un modo que pasa desapercibido), dirá Rodulfo: “Si falla la superposición, para Winnicott hay interferencia, por exceso o por defecto.”
La categoría de no presencia, que toma de Derrida, contribuye a identificar la forma del estar con que puede propiciar la capacidad para estar a solas, que puede contribuir a habilitarla. Pues se diferencia, por igual, de la violencia de la ausencia y de la presencia obturante.
Una lúcida consideración de algunos trastornos del aprendizaje se deja reconducir por el autor al déficit severo de la capacidad para estar a solas. Ya que dicha capacidad “requiere y realimenta los procesos de introyección responsables de la formación de una zona del pensar, del desarrollo de la capacidad para lo ficcional, de la abstracción.” Rodulfo reformula, de modo original, el rol del adulto en ese logro intersubjetivo: “La capacidad para estar a solas es función de la capacidad del adulto para jugar a que no está; en términos de la teoría de la ilusión, esto posibilita la creación de la experiencia de soledad, como experiencia y no como traumatismo.”
Finalizando este capítulo, el autor examina brevemente cuestiones tan dispares como el aburrimiento, la música y la transferencia en relación con la función que venimos considerando.

CAPÍTULO VIII: LA DESTRUCTIVIDAD PARTIDA.

Partiendo del texto “La agresión en relación con el desarrollo emocional” escrito de posguerra, nos aproxima Rodulfo a la “… muy personal manera en que Winnicott encara la agresión…” Recuerda el contexto de producción teórica sobre la violencia en las relaciones humanas en aquel entonces: La tesis lacaniana sobre la agresividad y varios trabajos de la escuela kleiniana. “Toda la cuestión de la agresividad y la agresión” quedó “confusamente mezclada con - y confiscada por – la muerte y lo mortífero” como efecto de la hipótesis de la pulsión de muerte. Winnicott rechaza esta idea y su teorización difiere marcadamente de la teoría clásica, pues “estrecha el vínculo teórico entre agresividad y alteridad.” La agresión ligada a la alteridad no se trata de la destrucción freudiana que implicaba “la reducción a cero”… “Aquí se trata de llegar a que el otro demuestre su alteridad, la ponga en juego”. Por lo que su resultado es constructivo.
La agresión considerada como sinónimo de movilidad. También, como “expresión primitiva del amor” antes de que el bebé esté en condiciones de percatarse de sus resultados y, por lo tanto, de responsabilizarse por ellos. Dos giros conceptuales que Rodulfo destaca en Winnicott respecto de la teorización kleiniana.
Se consideran, entre otras temáticas en éste capítulo: el logro o el fallo en la articulación temprana de propósitos e impulsos. La relación y la diferencia entre culpa, responsabilidad e inquietud. La pluralidad de destinos, “transformaciones de la agresión”: “pena, culpa o… somatizaciones”. Las consecuencias patológicas de la represión temprana de la motilidad – agresión sobre la capacidad de amar y crear. Y señala un punto de fragilidad en el desarrollo, marcado por la soldadura, que puede o no darse, entre el amor y la responsabilidad o inquietud; ligadura que habilita a “hacerse cargo del otro.”
Sitúa también la diferencia “entre la agresión como motilidad originaria o espontaneidad y la agresión como respuesta reactiva a una situación que excede las posibilidades del self”. Diferencia irreductible a una pulsión y que se caracteriza, fundamentalmente, porque “esa segunda agresión no es propia… y el self aún carece de medios para no reconocerla como suya y desmarcarse de ella.”
Rodulfo propone sustituir la antinomia amor- odio (dado que en la obra de Winnicott “la posibilidad de odiar es relativamente tardía” y requiere la clara discriminación del otro como tal) “por un sistema de cuatro términos:

Amor ----- odio

Desamor ---- Indiferencia.

Tiene la ventaja de poder explicar situaciones más tempranas, como la oscilación “… entre el amor y la indiferencia, por ejemplo en el bebé.”

CAPÍTULO IX: RAÍZ.

Continuando con el establecimiento de diferenciaciones conceptuales y clínicas fundamentales en la obra del autor que nos ocupa, despejes indispensables “para un diagnóstico diferencial” y “para un pensamiento psicopatológico inspirado en Winnicott”, Rodulfo puntualiza que el odio, más tardío que el amor, “no tiene el monopolio de la violencia” pues el amor temprano, sin percatación de alteridad ni de consecuencias, contiene mociones agresivas y destructivas.
En términos metapsicológicos, en las teorías clásicas, el aparato psíquico entraría en movimiento por efecto del estímulo externo. En Winnicott esto describe más bien lo reactivo y sugiere el fallo ambiental que produce agresión reactiva y conduce a desarrollos patológicos.
Este capítulo ofrece un detallado estudio de las hipótesis psicoanalíticas acerca del interrogante sobre “una raíz propia de la agresión no subsumible en la teoría de la libido…” y, por lo tanto, no remitible al par sadismo – masoquismo. Retoma al respecto los aportes de Adler de la primera década del siglo veinte, del propio Freud en Más allá del principio del placer, de Klein, de Winnicott y de Lacan, con su tesis sobre la agresividad.
La clásica conceptualización del nacimiento como trauma (Otto Rank y también Freud, en tanto implica una invasión de cantidad) en la obra de Winnicott da un giro al diferenciar la experiencia del nacimiento con participación del bebé, su propio esfuerzo por nacer, de la de una experiencia como imposición que generará “procesos reactivos.”
Las complejas relaciones entre verdadero y falso self y el indeterminismo de la espontaneidad encuentran también su lugar en estas páginas.

CAPÍTULO X: VIOLENCIA DE NECESIDAD.

Se ocupa aquí el autor de “la naturaleza externa del objeto” es decir, su otredad, su alteridad, que no viene dada como dato de inicio y puede, acaso, no constituirse. La alteridad no dependerá enteramente del yo, sino que reclamará como condición la oposición, la resistencia de un otro “que no se deje tratar de cabo a rabo como objeto.” “De nuevo, paradójicamente, esto debe darse en el campo de una experiencia de fusión. La diferencia debe ser creada en el seno de ella…”
Ilustran la temática abordada viñetas clínicas convincentes, en las que el autor opta por regular – no frustrar – el “coeficiente de otredad” tolerable para el paciente.
Contrariamente a “la suposición de muchas corrientes psicoanalíticas y de muchas psicologías evolutivas”, en el pensamiento winnicottiano, la fusión madre- bebé y la que liga lo erótico con la violencia son fruto de un largo trabajo y no un “estado inicial ligado al primitivismo o inmadurez.” Para Winnicott será la “movilidad agresiva espontánea” la que deberá “infundirse en lo erótico dándole su fuerza”; cuando en la teoría clásica el poder destructivo de la agresividad tanática sería atemperado al mezclarse con lo erótico.
Se presenta también una nueva definición de medio: “Aquello que hace oposición” y el modo en que Winnicott concibe el ser: un “soy con otro” anterior a un “soy”, anterior a un “yo”. Primera forma de subjetividad dependiente de esta oposición – encuentro.
Rodulfo desarrolla también, concisa y claramente, las divergencias que el pensamiento winnicottiano propone respecto de la psicopatología clásica, sus concepciones acerca de las neurosis, la adaptación, la cuestión del borde o frontera, “la problemática del sentido y su desciframiento” y la individuación.

CAPÍTULO XI: INERCIA.

Se retoma en éste capítulo la pregunta winnicottiana por la raíz de la agresión, concluyendo que hay más de una: “la motilidad vital incondicionada” es una de dichas raíces. “Otra raíz radica en el otro… que provoca diferencia.” Sin un medio que se oponga “no llega a constituirse la agresión propiamente dicha.”
Rodulfo recuerda que el carácter conservador que Freud le atribuye a las pulsiones remite al principio de inercia neuronal, que “aspira a restituir…un estado de quietud absoluta en el que queda abolida toda diferencia.” Como efecto de esta teorización, el aparato psíquico, el mundo interno o el sujeto se conciben como reactivos.
Contrariamente, la meta de la agresión se aleja, en Winnicott, “…de un impulso destructor dirigido a abolir toda diferencia.” “Deberíamos hablar en Winnicott de un principio de diferencia en lugar de un principio de inercia” acorde a su reconocimiento de “una tendencia originaria y espontánea hacia la integración y la complejidad.” Aunque él no se apresure a proponerlo como nuevo principio englobante.
Capitalizando ideas de Derrida, Rodulfo propone para el psicoanálisis un trabajo de deconstrucción de “las nociones judeocristianas de amor y de odio” que ha heredado. Y analiza las consecuencias de la “convicción de que primero hay un ser aislado que “luego” se vinculará con los demás… a lo que Winnicott opondrá su ‘los bebés no existen’ ”. Consecuencias en la conceptualización de la transferencia y en la preocupación por mantener la pureza del material a analizar, despojando el dispositivo de “toda traza… de la implicación subjetiva del analista.”
El autor retoma “las preguntas con que Winnicott se acerca al bebé: ¿Cómo llega a sentirse vivo? ¿Cómo llega a sentir que sus actos tienen sentido, que no son fútiles? ¿Cómo llega a sentirse real? ¿Cómo llega a alojarse en su cuerpo?...” Preguntas que apuntan a aspectos centrales de la existencia humana que atañen tanto a la salud como a las psicosis.
Interesa aludir a algunas convergencias y divergencias entre el pensamiento winnicottiano y el lacaniano. Ambos autores coinciden en una “compartida desconfianza hacia la técnica, como palabra y como procedimiento estandarizado” y “cada uno de ellos construye su propia intertextualidad apartándose de la tradicional” y tomando también referencias de otros campos del conocimiento. En ambos “la pregunta por el ser” (Heidegger) constituye un “tema nodal de su clínica.”

CAPÍTULO XII: LA CAPACIDAD PARA ESTAR SOLO.

Rodulfo aclara de entrada en el texto, y de ese modo amplía sus implicancias, que el título “alude tanto a una capacidad para estar como a una capacidad para ser a solas.” La posibilidad de continuar “siendo a solas” será para Winnicott “…un criterio clínico para evaluar la madurez psíquica de alguien.” La manera de conceptualizar el silencio, clásicamente considerado resistencial, muta: “Aparecerá (…) como una experiencia en la que (…) alguien se descubre siguiendo siendo.”
Un aspecto paradójico señalado por el autor: La conceptualización de la transferencia se enriquece “porque aquí ésta se despliega en una no relación, y toda reducción de la transferencia a una relación, por eso mismo no tendrá cómo considerar el silencio más allá de la idea de obstáculo.”
“El giro más novedoso” introducido por Winnicott es la connotación positiva de dicha capacidad; que debe adquirirse en el curso del desarrollo con otro/s y que “no está garantizada de antemano.” Por esta razón “en ningún caso la soledad será el punto de partida…” “La soledad se da en la fusión, y a partir de ella avanza hacia formas progresivamente más refinadas pero que siempre la suponen como introyección realizada.” Se requiere de un entre dos inicialmente para que, desde allí, se vayan deslindando tanto la autonomía como el acceso a la terceridad.
Rodulfo propone introducir la “categoría más-de-uno” en un intento por preservar “la ambigüedad incalculable del entre” que quedaría reducida si apeláramos a “modelos bipersonales y modelos triangulares…” para conceptualizar el proceso de subjetivación.
Rodulfo insiste en otro aspecto paradojal: “La capacidad para estar a solas es uno de los frutos más espléndidos de una relación sólida con otro.” (…) “Se trata de una experiencia generalmente en presencia de la madre.” Subraya la diferencia entre un genuino experienciar y formas de soledad más cercanas a la adaptación.
Winnicott escapa “…a la dialéctica clásica de la presencia/ausencia.” “…queda denunciada la insuficiencia de estas categorías para dar cuenta de algunos procesos subjetivos…” cuya comprensión se favorece al introducir, con Derrida, el concepto de no presencia. El autor eleva a condición de posibilidad para el desarrollo de la capacidad que venimos considerando, el holding que le brinda la capacidad materna “para jugar a la no presencia.”

CAPÍTULO XIII: EL JUGAR SIN FUNDAMENTO.


Rodulfo retoma el texto de Winnicott Por qué juegan los niños , escrito poco antes de comenzar la guerra, en 1941. Afirma que en este texto, el sentido del jugar radica en la experiencia misma y no en un pretendido sentido inconsciente a ser develado. La capacidad de los niños, reconocida por Winnicott, “de encontrar elementos e inventar juegos con facilidad…” subvierte la imagen tradicional que sitúa al adulto como dador y al niño como quien recibe: “No es función del grande enseñarle a jugar al chico…” Pues “una capacidad de invención y de placer… ya está ahí, sin un origen determinable como tal.”
Contrariamente a lo sustentado por las teorías clásicas, particularmente la kleiniana, en Winnicott la agresión, considerada en el texto, pasa “a ser constitutiva de la subjetividad y no de lo que podría demolerla”. “…el odio es una de las posibilidades de relacionarse con el objeto, por lo tanto no es perjudicial en sí mismo.” Para Winnicott importa “que el niño pueda registrar y expresar tanto su agresión como su odio”…”lo verdaderamente dañino es no poder expresar la agresión, que sea algo a ocultar como si se tratara de lo destructivo en sí mismo.” Siguiendo a Winnicott, Rodulfo connota positivamente la capacidad de odiar, que implica formas de contacto y comunicación, reconocimiento del otro como un par, resistencia al sometimiento, ampliación de la espacialidad y diferenciación del sí mismo.
El camino de la transicionalidad, el juego, conduce esta violencia a modos alejados de las “respuestas antisociales”: “Jugar a matar, lejos de atizar una violencia peligrosa, la modula positivamente.” Valora luego el autor la idea de diferir la agresividad, en lugar de simbolizarla o sublimarla.
Las relaciones entre la ansiedad y el jugar, entre el jugar y la sexualidad – de raíces diferentes - , el juego como proceso de aprendizaje y escenario de los contactos sociales son, entre otras, temáticas que el capítulo despliega.

CAPÍTULO XIV: NO PRESENCIA.

Retoma el autor bajo este título consideraciones sobre el “estar a solas en presencia de otro” que define “…una manera,…una actitud de relacionamiento” diferente a “la categoría clásica de la relación de objeto.” En ausencia de esta capacidad, afirma el autor, “falta una base sólida para poder ser-estar con otro.” Se trata de una “experiencia abierta, no concluida en una etapa…”
Diferencia estas conceptualizaciones winnicottianas de “una muy rica tradición en la que el “sujeto” surge en soledad”, representante de la cual es el concepto de autismo primario normal de M. Mahler. Problematiza y cuestiona, especialmente, la noción de unidad (del ser-estar) que la referencia al entre ayuda a deconstruir para que “el uno ya no funcione como referencia unitaria.”
“Insistamos, con Winnicott, en su esfuerzo: ningún uno al principio. Ni narcisista, ni autoerótico, ni autista, ni anobjetal. El registro del otro y como Otro, plegados sobre sí, es uno de los existenciarios. El otro, lo otro, no se invisten después.”
Rodulfo destaca la huella perdurable que deja la vieja noción de mónada, que excediendo “lo científico y lo psicoanalítico, llega a la calle, se vuelve popular.” Así, para la psicología por ejemplo, “las llamadas “facultades” son consideradas como algo que el psiquismo tendría por sí mismo, no fruto de una relación sino propiedades de una sustancia que sería la psique.” También la “noción freudiana de aparato psíquico… connota demasiado fuertemente una instancia individual…”
Al diferenciar la no presencia tanto de la ausencia como de la presencia, y la no relación tanto de la relación como de la retracción, Rodulfo propone considerar la no presencia de la madre como una función constructiva “del trabajo de lo negativo.” Interesa también mencionar que, al quedar toda la experiencia, este particular a solas situado por Winnicott “en el campo del yo (…) y desreferida de los “impulsos del ello”… la escena (…) se coloca por fuera” del paradigma edípico. “No es una situación sexual lo que menta ese relacionamiento del yo, que Winnicott plantea”… “El ser-estar-con es más amplio que el erotismo y lo rebasa.”
El autor rescata “otro matiz en la estructura del estar a solas.” Para figurarlo, Winnicott, recurrió al estado de la pareja post coito. ”…Se está solo junto con otro que también lo está, y a través de esta soledad ambos se vinculan.” “…Ese estado de soledad se comparte, no es un estar aislados entre sí.” Y la experiencia de ligarse con otro a través de la soledad es considerada por Rodulfo fundamental para el desarrollo cabal de la alteridad.
Se retoman luego desarrollos de Loparic en torno a la representación y el afecto en la metapsicología clásica y sus diferencias con el experienciar winnicottiano. También en torno del ser: ya dado en la metapsicología, capaz de representar. Mientras que, en Winnicott, asume la forma de un ir-siendo, sujeto a vicisitudes múltiples, donde el ser “antecede, excede y desborda” a lo recortable como yo.

CAPÍTULO XV: LA INTEGRACIÓN SIN SÍNTESIS.

Rodulfo desarrolla el motivo de la integración en Winnicott diferenciándolo de la conceptualización kleiniana. En Klein la integración se trataría de la síntesis de elementos tan antitéticos y disociados entre sí como lo idealizado y lo persecutorio. Síntesis que resolvería los conflictos “…incluso con la predominancia del bien sobre el mal.” “En Winnicott la integración parece en cambio ligada a la capacidad de mantener vivos los conflictos sin necesidad de apelar a disociaciones defensivas por no soportarlos.” “No hay aquí síntesis entre lo bueno y lo malo del objeto.”
El autor examina los antecedentes del motivo de la integración desde la prehistoria del psicoanálisis y su pregnancia en el pensamiento winnicottiano.
El siguiente extracto ejemplifica la diferencia entre síntesis e integración: “Lo que llama falso self es, sin lugar a dudas, un emergente nuevo que comporta una peculiar síntesis, pero de ningún modo podríamos decir que esa síntesis constituye una integración, dado que más bien funciona, grosso modo, como el fruto y la posibilidad misma de una desintegración defensiva.”
Reflexiona sobre la necesidad del psicoanálisis de retrabajar el término “unidad”. “La unidad en la que Winnicott está pensando y en la que Freud empezó a pensar no es la unidad de uno.” Loparic propuso el “dos-en-uno,” ”…dos que deshacen el uno, porque el uno que su conjunción asume no es el uno tradicional.”
“La integración en Winnicott concierne en primer lugar a experiencias (y no a fantasías)”. No se trata de experiencias que luego, secundariamente, se sintetizan e integran, sino que “el irse integrando es uno de los aspectos esenciales de lo que él considera una experiencia: si hubo experiencia es que aconteció alguna integración.” “La integración no viene después del experienciar”. La consideración de las experiencias negativas, de consecuencias desintegrativas y de las experiencias de no integración continúan el texto, complejizándolo.
Para Winnicott será necesario “que se mantenga siempre un fondo de reserva de no integración,… a modo de condición de posibilidad de una integración no reactiva.” “…Esa no integración es la llave que abre paso a la experiencia en tanto integradora.” Por lo que no habría progresión evolutiva lineal ascendente entre una y otra, sino un “ir y venir” entre ambas posiciones subjetivas. La antítesis se verificará, en cambio, entre integración y desintegración, proceso defensivo que, si prevalece, muestra su carácter patológico. En su caracterización de ésta oscilación, del “ir y venir”, Rodulfo introduce el principio de indeterminación: “no se sabe exactamente a dónde se vuelve ni tampoco adónde se va después de haber vuelto adonde se volvió.” De la imprevisibilidad aludida “…derivarán consecuencias clínicas violentas para cualquier modelo estabilizado de normalidad…”
El autor detalla cómo utiliza Winnicott el término “Yo” y las confusiones a que induce su no reemplazo por el término self.
Distingue una integración, sustentada en experiencias propias, de otra, basada en reacciones. El valor principal reside, para Winnicott, “en la autenticidad que tenga” más que en la estabilidad de tal integración.
En la obra de Winnicott, a diferencia de lo que ocurre en la teoría del desarrollo libidinal, “el impulso del Ello se construye poco a poco a partir de las experiencias yoicas, en lugar de tener como punto de partida una especie de fuente biológica o mitobiológica.”

CAPÍTULO XVI: EL FALSO SELF Y SU VERDAD.

Rodulfo expone motivos para evitar subsumir el juego simbólico a la noción del “como si” de lo metafórico. Oponiéndose, igualmente, a considerar tal noción como privativa de la especie humana – lo que queda demostrado por el juego ficcional del que son capaces algunos primates – y a ligar tal “como si” metafórico al lenguaje, entendido como “clave y quintaesencia de lo humano.”
Propone que “…el “como si” hunde sus raíces en un espacio de ficción que todo el desarrollo del lenguaje enriquecerá sobremanera, pero que no es su propiedad ni se origina en él.” “…base ficcional no anclada en el lenguaje, pero sí anclada en la total gravitación estructurante de la relación con el otro y con el grupo de los otros…”
El autor considera al jugar “más antiguo que “lo simbólico” y no es algo propio de un orden cultural que se deslindaría de un estado de naturaleza…”
Señala un acento fundamental en la obra de Winnicott: la consideración de que en el psiquismo conviven mezclados elementos propios junto con otros ajenos, lo que impone un nuevo trabajo terapéutico de reconocimiento de lo ajeno. La posibilidad de pensar de este modo “depende por completo de que (…) se haya destronado el paradigma del psiquismo corpuscular, amebiano, la “vesícula protoplasmática” que, aún en 1920, sigue siendo la referencia fundamental.”
El entre al que Rodulfo alude, caracterizándolo como “una mezcla en la que las separaciones nítidas son fenómenos fragmentarios y regionales”, contribuye a comprender “el uso que Winnicott hace del término self”, más amplio y ambiguo que el término Yo.
Aborda el autor los “trabajos de integración del propio cuerpo”, siempre signados por la precariedad y sujetos a vicisitudes múltiples. “La elaboración imaginativa de la experiencia corporal (…) es parte integrante de lo corporal y no una especie de formación psicológica ‘por encima’ de lo corporal.” En su ausencia ubicará Winnicott el fenómeno psicosomático “como un intento de curación llamado patología psicosomática.”
El texto retoma la problemática relación entre verdadero y falso self, que ha llevado a creer, tras una lectura ingenua, en el segundo como necesariamente patológico. Su falsedad radica, en cambio, en la necesidad de “rodeos y medidas protectoras” en el marco de los vínculos sociales. Se destacan sus funciones de envoltura y holding del verdadero self, así como su origen “…como estructura de compensación del fallo ambiental.” El falso self, en tanto recurso contra las intrusiones ambientales, debe tener cierta fortaleza. De lo contrario, la subjetividad puede resultar vulnerada más fácilmente. “…En tanto es un heredero de la función materna, el falso self se comporta en la existencia concreta como un medio facilitador o como un medio destructivo.” Puede entrar “en una relación distorsiva con su partenaire, una relación aplastante y usurpadora” en la que parece relevar al primero. Se pierde con el verdadero self “todo contacto, hasta el punto de no recordar jamás un sueño y de desterrar toda cualidad lúdica en la vida cotidiana.”
Rodulfo advierte sobre la “acción reductora del singular: ‘el’ verdadero self. Es más cuidadoso preservar la idea de distintas emergencias y direcciones que el término resume…”

El autor sitúa a Winnicott “…como un representante en el campo psicoanalítico de lo que sería un filósofo existencial en el campo de la filosofía. Su “verdadero” no es otra cosa que lo “auténtico”, motivo capital de las corrientes existenciales de posguerra.” Otro tanto hace con Lacan, analizando los “motivos característicamente existenciales” de su obra.
Seguidamente, Rodulfo considera las relaciones entre verdadero y falso self según prime entre uno y otro una mayor fluidez y movilidad, (lo que podrá ser tomado como criterio de salud) o, por el contrario, una oposición rigurosa. Analiza también nuevos motivos por los que Winnicott utiliza el término self en sus múltiples diferencias con el término Yo. Las preguntas sobre “la cuestión del ser” que Winnicott introduce difieren de las de “tipo tópico o funcionalista”…”el sentirse vivo o sentirse real no tiene un topos determinado ni es función de una instancia particular de las que se postula que componen el psiquismo.”

CAPÍTULO XVII: OPOSICIÓN Y AMBIGÜEDAD

Rodulfo señala la necesidad de “…determinar en la singularidad de cada desarrollo psíquico: ¿qué hay que integrar?, ¿con qué?, ¿qué aspectos y con qué otros?”
El material clínico de un niño en proceso de superar su autismo lo muestra involucrado en distintos trabajos de integración. Uno de ellos, fundamental, consiste en “dotar de vida a lo…inanimado”, trabajo figurado en la gestualidad, ahora más humanizada, de una marioneta que el niño ha dibujado.
“…en el pensamiento de Winnicott; la integración no podría nunca culminar como tal si alguien no se siente vivo o real, (…) mientras que una pseudointegración o desintegración defensiva afectará en algún grado esa cualidad del sentirse vivo…”
El autor redefine “…el proceso de integración como aquel esencialmente dedicado a subjetivar el cuerpo como cuerpo propio viviente a partir de una fluctuación potencialmente errática entre estados de existencia y de no existencia que caracterizan la no integración, en la cual el estar y mantenerse vivo puede dejarse en manos de la madre.”
A su juicio, cuando Winnicott…”escribe ‘unidad’ está en juego la apuesta de la integración” cuyos “rasgos principales son… lograr el sentirse vivo-real y la capacidad de diferenciar y registrar al otro.”
Enriquece y complementa luego el examen de las divergencias entre la integración winnicottiana y algunos aspectos de las teorizaciones kleiniana, lacaniana y freudiana.
Freud considera al “bebé in útero” como a “…un bebé a quien su mamá ayuda a constituirse como una mónada cerrada al ambiente, a tal punto que lo exime hasta de toda relación con ella misma.” Winnicott propondrá, en cambio, que “el niño y el cuidado materno forman una unidad” donde, sostiene Rodulfo, “el cuidado materno está entre la madre y el niño (…) funciona como una especie de terceridad…” El vínculo entre ellos “deja de ser todo lo “directo” y sin mediación que se suponía (…) madre e hijo deben ir construyendo su relación.” Por otra parte “…esta unidad está completamente abierta, más aún, es extremadamente vulnerable al medio…” Dada la vulnerabilidad de la madre a su medio, a sus vínculos.
“En su trabajo de integración, la nueva unidad postulada por Winnicott tiene la meta de integrarse al mundo y a la existencia compartida.” Planteo que difiere de la finalidad de obtener “placer entendido como descarga reductora de tensiones”. Tampoco se confirmará la autosuficiencia de la mentada unidad. En palabras de Winnicott: “la independencia no existe.”
Rodulfo sitúa tiempos lógicos de los procesos de integración donde, secuencialmente, seguirá la creación paradójica del “…otro como opuesto…lo otro como opuesto a mí.” E invita a trascender “un esquema binario” limitante aludido en términos de oposición versus no oposición.


Llegando al final de esta reseña, se trata, en mi opinión, de un libro de gran riqueza y utilidad que contribuye a preservar de lecturas poco dedicadas la densidad del pensamiento winnicottiano. Rodulfo presenta estas ideas sobre el fondo, siempre presente, de las de algunos de los referentes fundamentales del psicoanálisis y la filosofía, fondo del que se recorta original y, no pocas veces, revolucionariamente. La experiencia de su lectura, facilitada por la maestría expositiva del autor, no deja de dar trabajo. Y, al tiempo que ofrece la consideración consistente de diversas situaciones clínicas, provoca el placer de pensar abrevando en un amplio repertorio de registros: imágenes, movimientos, formas, musicalidad.

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